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Tenía una abundante cabellera de un tono castaño claro y unas ondulaciones naturales que eran la envidia de todos sus amigos. El cabello era una de sus debilidades.
La otra era que le gustaba la sopa, pero no podía comerla porque siempre que lo hacía se encontraba pelos flotando en ella. Era paradójico que teniendo una de las fábricas de sopas más grandes del país y que le gustara tanto, no pudriera disfrutarla porque el asco que le daban los pelos dentro del plato le hacía enfermar.
Buscó la solución visitando todo tipo de médicos pero cada vez que intentaba un menú con sopa tenía que dejarlo y abandonar el restaurante entre arcadas y toses. No encontraba la solución a su problema y eso le tenía preocupado y de mal humor.
En una de sus chequeos rutinarios le detectaron un cáncer e inmediatamente se puso en tratamiento. La enfermedad acabó con su problema. Después de la quimioterapia pudo disfrutar de la sopa sin sobresaltos.
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